japón (II): contemporaneidad y antiguedad, la convivencia de dos tiempos gráficos en la contradicción

José Andrés Santiago

Desde la torreta de Hokusai…

El nacimiento del manga moderno se produce con la aparición de las primeras publicaciones de prensa, como la revista mensual Japan Punch en 1862 – de carácter marcadamente satírico y que toma el nombre de su homónima británica – o el semanario Toba-e, creado en 1887 por el ciudadano francés Georges Bigot. Ambas publicaciones estaban destinadas originalmente al público extranjero afincado en Japón, pero desde el primer momento calaron muy hondo en los jóvenes artistas nipones, hasta el punto que las caricaturas y tiras cómicas aparecidas en Japan Punch pasaron a denominarse “Ponchi-e” , en honor a la afamada revista.

Rakuten Kitazawa es considerado el primer dibujante japonés de cómic moderno. Con la intención de diferenciarse del Ponchi-e, Kitazawa recuperó el término “Manga” para designar sus ‘comic strips’ y sus ‘cartoons’, de contenido humorístico y sátira política y social. En 1901, crea la primera serie de historietas con personajes fijos, Tagosaku to Mokubê no Tôkyô Kenbutsu (“El viaje a Tokio de Tagosaku y Mokubê”).

Aunque al principio el manga estaba limitado a la faceta satírico-política en los periódicos, pronto se diversificó hacia nuevos temas y otros públicos. En 1914 la poderosa editorial Kodansha funda la que será decana de todas las publicaciones infantiles y juveniles, la Shônen Club. El manga para niños tuvo su primer gran éxito en 1923 con Shô-chan no Bôken (“Las aventuras de Shô-chan”), creadas para el diario Asahi Graph. En esa misma época comenzaron las desventuras de Nonki wa Tôsan (“Papá optimista”) en el periódico Hôchi Shinbun (1924) de la mano de Asô Yutaka. Sus aventuras se prolongaron hasta 1950 y trajeron consigo una fiebre por los katei-manga – manga de ambiente familiar y costumbrista – que arrasaron en los años siguientes.

En los años treinta y hasta los prolegómenos de la II Guerra Mundial, la industria del manga experimentó un desarrollo espectacular. Algunos autores se habían significado con trabajos y opiniones de corte antibelicista y contra la progresiva militarización de la sociedad japonesa, y ya desde comienzos de los años treinta fueron prohibidos. El resto de publicaciones siguieron un camino parecido con el estallido de la II Guerra Mundial. Primero las restricciones por culpa de la maquinaria y la carestía de papel y luego la censura provocaron el cierre o suspensión de todas las publicaciones de la época. El poder político echó mano del manga y transformo un pasatiempo cotidiano en un medio de propaganda bélica, centrado en la mofa y demonización de los países enemigos.

Tras la Guerra el país se esforzó por recuperarse de los enormes daños sufridos a todos los niveles; personales, económicos, sociales. La moral colectiva del país estaba tocada, sabiéndose derrotados y conviviendo con el, hasta ahora, enemigo. Medio planeta estaba en ruinas y la Industria del Manga no era una excepción. Pero también es cierto que, como en muchos otros lugares, el divertimento y la evasión eran más necesarios que nunca “para olvidar el doloroso pasado inmediato” . En el Japón de posguerra aparecerían tres elementos importantísimos para la recuperación del manga y su difusión: los kamishibai, los kashibon y Osamu Tezuka.

Los kamishibai surgieron a principios de siglo, pero, curiosamente, alcanzaron su mayor éxito y difusión en esta década de los cuarenta, probablemente impulsados por su carácter popular y su dimensión callejera. Básicamente presentaban una narración en viñetas aisladas, pintadas a mano sobre lienzos, que se iban sucediendo a medida que avanzaba el relato del presentador. Los kashibon, cuyo nombre significa “libro de alquiler”, eran bibliotecas ambulantes surgidas en Osaka frente a la escasez de Manga, que rápidamente se extendieron a todo el país. Por aquel entonces los tomos de manga eran raros y bastante caros, y este método permitía distribuir nuevos productos – bien tomos, bien revistas – entre los aficionados. Al igual que ocurrió con los kamishibai, la multiplicación del manga comercial y su drástica reducción de precio propiciaron su casi total desaparición en la década de los sesenta. Algunos de los grandes todavía añoran la “autenticidad” de aquellas primeras manifestaciones, alejadas de los convencionalismos del Japón actual; Yukio Mishima llegó a afirmar que “antiguamente, cuando sólo podía ponerse en las manos de los especialistas que prestaban libros de cómics gekiga en establecimientos aislados, estos tenían diez veces más ferocidad, vitalidad, poder y crueldad”.

A la variedad de soportes de los años cuarenta se suma una diversificación de géneros y temáticas de interés. Junto a estas, también se produce un cambio en la concepción formal que tradicionalmente se tenía de los manga. “La acción por la acción pasa a ser el centro de interés” ; al sentido de lectura vertical, tradicional de las secuencias, se le añade el horizontal, y la página se reafirma frente a la rígida retícula de viñetas. La página adquiere dimensión compositiva como una totalidad, y comienza a experimentarse con los límites de las imágenes y su tamaño. Es en este contexto donde aparece Osamu Tezuka e inicia una etapa de renovación formal que transformará el manga para siempre.

Es 1947 y un joven Tezuka presenta su nueva obra Shin Takarajima (“La Nueva Isla del Tesoro”). Se venden cientos de miles de ejemplares. Se trata de su primera obra larga , un “libro rojo” de doscientas páginas y se vende como rosquillas. Frente a todo lo visto anteriormente, Shin Takarajima deslumbra por su acción trepidante, por su ritmo, su dinamismo y puesta en escena. Su concepción está más próxima a la de un story-board que a la de un koma-manga de las décadas anteriores; y no es de extrañar, teniendo en cuenta la enorme influencia que el cine, animación y cómic americanos habían ejercido en Osamu Tezuka.

A finales de los 50 y sobretodo a lo largo de la década siguiente, de una nueva corriente entre los dibujantes caracterizada por el desmarque del tradicional manga infantil y centrada en obras mucho más crudas, de temática adulta y alejadas de todo sentido cómico que, hasta ese momento, parecía ir asociado al manga. Ese nuevo manga dramático, para un público adulto, recibirá el nombre de gekiga.


El manga que estaba por llegar

En 1957, y a raíz de la publicación de su manga Yûrei Takushi (“El taxi fantasma”), Yoshihiro Tatsumi acuña el término gekiga para referirse al tipo de manga más serio y adulto que él y otros artistas venían desarrollando. Gekiga significa, literalmente, “imágenes dramáticas”. Su trazo duro, sus historias crudas, psicológicas y de gran realismo atraían a un nuevo tipo de espectador, adulto, joven y trabajador en el marco de las grandes ciudades. Por una parte, con ese público se desmarcaban de la asociación infantil del manga; por otra, renegaban también del carácter “cómico” del manga. Los últimos años de los 50 y comienzos de los 60 traerían un montón de cambios al panorama editorial. En Europa y Estados Unidos se producía un descenso importante en la venta de comics, motivada fundamentalmente por el auge de la televisión. En Japón, sin embargo, la situación era radicalmente opuesta; la industria del manga estaba a punto de experimentar una revolución de nuevas publicaciones y ventas nunca vista. La televisión, lejos de competir con el manga, se complementaba: la industria de la animación japonesa crecía tanto como lo hacía la incesante demanda, y en Japón el anime siempre ha estado ligado al manga, adaptando a series de animación los títulos de mayor éxito.

El modelo de revista que se conocía desde principios de siglo es sustituido por las nuevas publicaciones semanales de manga, donde la multiplicación masiva de títulos traerá consigo una mayor diversificación de temáticas y argumentos, dando lugar a la aparición de nuevos géneros. En los sesenta, y fruto del éxito de los gekiga, aparecieron también publicaciones destinadas a un público adulto y de temática underground y experimental, aunque las publicaciones juveniles tampoco se quedaron atrás. En 1968 la famosa editorial Shueisha presenta Shônen Jump, que no tardará en convertirse en uno de los semanarios más importantes de todo el país y con mayor tirada, y cuya publicación todavía continúa. Los setenta se caracterizan por la bonanza económica del país, y en el marco editorial se confirma la consolidación de las grandes publicaciones al tiempo que se generalizan los autores amateur y los dôjinshi – fanzines – que desembocará en el nacimiento del primer Comiket en 1975. Estos artistas, aunque fuera del circuito puramente comercial, trabajan a un gran nivel, y sus ediciones caseras, con el tiempo, no tendrán nada que envidiar a las de las grandes editoriales, especialmente por la sofisticación de sus historias y lo elaborado de su técnica.

Con el cambio de década y la llegada de los ochenta, aparecerán un montón de nuevas propuestas. Las grandes editoriales se lanzan a la conquista de una segunda generación de adultos que había crecido con sus primeras publicaciones juveniles en las décadas pasadas. Este nuevo público, acostumbrado a un estilo más maduro y desarrollado, no se conforma con el gekiga que se venía realizando hasta la fecha, y gigantes como Shueisha, Shôgakukan o Kodansha no tardan en lanzar sus semanarios específicos para este sector, Young Jump (1979), Big Comic Spirits (1980) y Morning (1982) respectivamente. Muchos jóvenes dibujantes procedentes del universo de los dôjinshi debutan con sus trabajos en estas nuevas publicaciones. De este modo el manga amplió aun más su ámbito de consumo, llegando a todo tipo de público: amas de casa, trabajadores, estudiantes universitarios, colegiales, jubilados, etc. “Si antes de la guerra fue, en su forma narrativa, sobre todo un medio para niños, y también para jóvenes desde los años sesenta, hoy han entrado en la ‘generación manga’ los lectores de entonces, ya convertidos en adultos”.

Desde los noventa y hasta nuestros días la evolución siguió las pautas de los años anteriores, caracterizados por la masiva diversificación de géneros, temáticas y públicos, hasta explotar todos los potenciales clientes y campos de expansión con una oferta ilimitada y de gran especificidad. Hoy en día hay infinidad de publicaciones para cada sexo, nivel de edad o profesión. Sin embargo, en los últimos años la industria ha experimentado un retroceso inesperado. Es cierto que la crisis económica que ha sufrido el país en la última década – y de la que aún ahora parece empezar a salir – podría haber pasado factura en forma de cierres y suspensiones de aquellos semanarios menos populares (no hay que olvidar que existe una sobresaturación del mercado); pero curiosamente han sido otros productos, muy consolidados, los que han dado la señal de alarma, y en especial cuando hablamos de un bien, el manga, con un valor nominal tan bajo que apenas si tiene repercusión en la economía doméstica. Esta disminución no es achacable – al menos no exclusivamente – a la crisis económica del país, sino que hay que buscarla en otras alternativas de entretenimiento. Si bien la televisión no había repercutido negativamente a la industria del manga en los años sesenta, sí podemos pensar que la expansión de Internet, y la generalización de ordenadores, consolas y videojuegos están pasando factura. Las editoriales, viendo lo que se les viene encima, empiezan a plantearse nuevas alternativas…


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